El fin del pollo


Un hombre vivía con sus dos hijas, y un día, mientras hacía las tareas en una habitación, al escuchar unos ruidos, unos gritos, unas carcajadas, un barullo, corrió a la cortina y vio a sus dos hijas jugando con una pelota. Había un pollo que había crecido con las niñas, era la mascota de la casa, esquivaba la pelota, volaba de un lado para otro. Y las niñas, felices jugando, se divertían. Y el padre también, enternecido, feliz de ver a sus hijas felices.

En un momento, ve cómo la menor de las niñas toma impulso y patea la pelota con todas sus fuerzas.

—¿Y qué creen? —dijo—. Dio en la cabeza del pollo, y el pollo colapsó, murió.

El padre se sorprende, escucha un grito, un silencio brusco, y de pronto escucha que la mayor le dice:

—¿Qué hiciste? ¿Por qué lo hiciste?

Comentarios que atemorizaron aún más a la menor. Entonces, preocupada la más chiquita por no saber qué hacer, le dice:
—¿Qué hago?


Oportunidad que aprovecha la mayor para decirle:

—Mira, yo te ayudo a ocultar el pollo para que el papá no te castigue, no te pegue, no te rete, pero con una condición.

—¿Cuál? —le dice la más chica.

—En que todas las cosas que me toque hacer a mí, las haces vos. Y las vas a hacer voluntariamente. Obviamente, vas a ordenar mi cuarto, vas a ordenar mi ropa y todo lo que el papá me diga que yo tengo que hacer, la haces vos.

Y la menor aceptó.

—Dijo, ok, bueno, está bien.

Buscaron una bolsa, lo metieron ahí, luego lo llevaron al cesto de basura las dos. El papá vio toda la escena, sorprendido, guardó silencio.

Al día siguiente, el padre dice:

—¿Alguien vio el pollo?

Y las niñas dicen:

—No, ninguna, vos tampoco.

Ninguna sabía del pollo. Claro, había una complicidad. Pasaron las semanas y, lógicamente, el pollo nunca apareció. Y mientras pasaba el tiempo, la niña, la más pequeña, comenzaba a hacer las tareas de la más grande. Y el padre observaba la escena, se daba cuenta y veía cómo le empezaba a pesar, y vio cómo la más chica empezó a pasarla mal, a padecer, a hacer las cosas que no le correspondían.

Pasaron los años, la menor se rebelaba contra la mayor, y la mayor venía y le decía:

—Acordate lo que hiciste hace tanto tiempo, vos mataste a ese pollo.

Y continuaba la situación dura, dolorosa. Ya cansada, la niña, después de unos cuantos años, ya jovencita, se acerca al papá y le dice:

—Mira, ¿papá, puedo hablar con vos?

—Claro, por supuesto, siempre pudiste hablar conmigo. A ver, vení, ¿de qué quieres hablar?

Y le dice:

—¿Te acordás del pollo que teníamos y que un día se perdió?

El padre la mira, le sonríe y con cierta ternura le dice:

—Sí, por supuesto, claro que me acuerdo. No la encontramos más.

Le dice el padre.

—Sí, no la encontramos más, es verdad. Pero ¿sabes qué? No la encontramos porque nosotros ocultamos ese pollo.

—¿Cómo que ocultaron? —responde el padre.

—Sí —dice—, pasa que un día estuve jugando con mi hermana y sin querer yo pateé la pelota muy fuerte, pegó la pelota en la cabeza del pollo y el pollo murió. Yo me asusté y mi hermana me propuso ocultarlo para que no te cuente, pero desde entonces ella me impuso una carga que a mí no me corresponde y yo estoy cansada, estoy harta de hacer siempre lo mismo. Entonces, quería hablar con vos y decirte que el pollo lo maté yo.

El padre la mira y le dice:

—Vení, acércate, acércate un poco más.

Le da un abrazo y le dice:

—¿Sabes qué? Yo estuve mirando esa escena. He visto tu sufrimiento todo este tiempo. También he visto que ese día vos aceptaste un trato con tu hermana. Vos aceptaste ocultarme tu error. Vos aceptaste llevar esa carga que no te correspondía y muchas veces te vi cansada, muchas veces te ayudé sin que vos te des cuenta, y lo único que esperaba era que me llamaras a solas y me dijeras toda la verdad, como lo estás haciendo hoy.

—Hija, ha pasado tanto tiempo para que vengas a mí y me lo digas, pero qué bueno que llegaste, qué bueno que viniste hoy. A partir de hoy sos libre.

La más pequeña, incrédula, se puso a llorar, lloraba y lloraba, arrepentida.

—¿Por qué no fue antes? ¿Por qué demoró tanto para ir a su papá que lo había visto todo, todo?

Entonces, esta escena se repite prácticamente en cada uno de nosotros. ¿Cuál es tu pollo muerto? ¿Cuál ha sido tu crimen? ¿Dijiste algo? ¿Hiciste algo? ¿No hiciste algo en un momento de travesura, en un momento de inocencia, en un momento de terquedad, en... en un mal momento? ¿Qué aceptaste en tu momento crítico? ¿Quién habla mal de vos? ¿Cuál es el estigma que estás cargando en tu espalda y ya no lo aguantas más? ¿Quién te acusa? ¿Un hermano? ¿Una hermana? ¿Un papá? ¿Una mamá? ¿Un amigo? ¿Un vecino? ¿Un conocido?

¿Sabes qué? Entra a tu habitación, cierra la puerta, y el Padre que está arriba mirando todo, él ha visto toda la escena. Él ha visto cada detalle, y lo único que espera es que te acerques humildemente, con todo respeto, y le digas: "Estoy cansado, estoy cansada. Yo lo hice." Cuéntale lo que pasó. ¿Por qué estás sufriendo?

En este 2026, comienza de nuevo. Si vos crees que este mensaje le puede servir a alguien, reenvíaselo, o déjame tus comentarios ahí. ¿Qué te pasó? ¿Cuánto tiempo aguantaste eso que aceptaste voluntariamente en tu peor momento de tu vida?

Te leo. Te mando un abrazo. ¡Feliz 2026!